¿Podríamos llevar la Semana Santa a los hospitales?

Aquí se abrirán distintos temas generales y relacionados con nuestra Semana Santa que puedan resultar interesantes para todos nuestros foristas.
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Chirrete
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¿Podríamos llevar la Semana Santa a los hospitales?

Buenos días.

El próximo sábado 28 de marzo, un grupo de nazarenos de todas las Cofradías de Pasión de la ciudad, trataremos de llevar un poco de la Semana Santa a aquellas personas que por motivos de salud no pueden disfrutarla en la calle. Realizaremos las visitas vestidos con nuestras correspondientes túnicas y entregaremos caramelos, estampas y obsequios.

El número de voluntarios sigue creciendo, de forma que este año ampliamos el número de visitas:

Hospitales:
  • Clínica HLA La Vega.
  • Hospital Quirónsalud de Murcia.
  • Hospital General Universitario Morales Meseguer.
Residencias:
  • Residencia PM Virgen del Carmen.
  • Residencia PM Emera.
  • Residencia PM San Basilio.
  • Residencial VIPS SUITES.
  • Residencia PM Nuestra Señora de La Fuensanta.
Otros:
  • Casa Cuna Franciscana.
  • Casa Misericordia.
Además, contaremos con el grupo de Bocinas y Tambores del Cristo del Amparo para realizar la convocatoria sobre las 09:15 horas frente a la Clínica HLA La Vega.

Como todos los años, invitamos a todos los nazarenos a participar en esta obra de Misericordia. Hay muchos enfermos y mayores que agradecen una visita. Si alguien está interesado, puede enviarme un privado o contestar en este post. También puede ponerse en contacto con la Presidencia de su Cofradía.

Gracias.
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Re: ¿Podríamos llevar la Semana Santa a los hospitales?

Con permiso de los autores, transcribo algunas anécdotas que nos han ocurrido durante estos años.

Dos de los pacientes que encontramos en 2010 habían sido estantes del Cristo de la Misericordia y gracias a su trabajo en los años 60, nosotros podemos ahora realizar las visitas. Uno de ellos, que algunos años anteriormente había cargado en el Santo Sepulcro, nos contó una vivencia de hace unos 50 años.

Cuenta este hombre emocionado, que a la entrada del trono del Santo Sepulcro, los tarimas se metían por dentro pues no cabían, un estante se despistó y entró con el paso a la vez, dándose con la cabeza en la pared partiéndose la oreja.

Cuando dejaron el trono en sus bancos este estante se fue al cabo de andas y le preguntó, ¿ señor cabo de andas, cree Vd. que he trabajado bien esta noche?

- a lo que el cabo de andas le contesto, observando la sangre que le corría por la oreja,

- bien no, muy bien diría yo.

Y el estante con la herida en la oreja se dirigió al impresionante Cristo del Sepulcro y le dijo.

-Pues Tú empieza a aprender andar , porque éste no te lleva más.

En la habitación del hospital La Vega, resonaron las carcajadas y fue un momento muy emotivo.
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Re: ¿Podríamos llevar la Semana Santa a los hospitales?

Poema que nos recitó un enfermo en su habitación:

El Gran Momento

Todo tiene su momento
y nadie puede negar
que hubo un momento primero
y habrá un momento final.

Y entre momento y momento
un trecho que caminar
montado en caballo blanco
que no sabe donde va.

Hasta que llegue el momento
que se tiene que pasar
para recordar momentos
que se tienen que pasar,
para recordar momentos
que ya nunca volverán.

Y esperar el gran momento
que también ha de llegar
para montar a Pegaso
que te lleve al más ALLÁ
con la conciencia tranquila
en un momento de paz
para que llegues tranquilo
en busca de la verdad.

Campanal.

Este hombre sufría un cáncer terminal y nos dijo que sabía que no volvería a vernos.
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Re: ¿Podríamos llevar la Semana Santa a los hospitales?

El PARACA

Ya habíamos recorrido casi la planta entera. El ambiente era muy agradable y distendido y nuestra labor, hasta ese momento, estaba teniendo buena acogida entre los enfermos. Y en esas, llegamos a la 415.
• ¿Se puede pasar?- Pregunté asomándome a la habitación con cuatro o cinco nazarenos tras de mí.
En la habitación se encontraban Ginés, de ochenta y tantos años y su hija, una guapa moza de cuarenta y muchos. Estaba sentado en un sillón, con su pijama azul, unas gafitas de oxígeno y el gotero a su lado. Su hija se mantenía en pie frente a él.
• Buenos días, Ginés, ¿ qué tal estamos ?- comentamos mientras nos acercábamos a ellos y fue entonces cuando me fijé en su mirada.
Tenía Ginés unos intensos ojos azules, inteligentes, inquisidores y casi transparentes. Unos ojos que, cuando te miraban, parecían traspasarte. Y claro, con cuatro o cinco tipos desconocidos delante, vestidos con todos los arreos de un variopinto elenco de cofradías, aquellos ojos mostraban una clara desconfianza.
Le explicamos que nuestra intención era la de acompañarlos un rato, de charlar con ellos, de hacerles olvidar por unos momentos su enfermedad y endulzarles la estancia con unos caramelos.
Pero mantuvo Ginés una cierta desconfianza hasta que, casualmente, comentamos que varios de nosotros pertenecíamos a la Cofradía de Jesús. Ese fue el punto de inflexión.
Nos comentó entonces que él había sido soldado paracaidista, y que había desfilado en varias ocasiones en Viernes Santo. También nos contó que había participado en muchos campeonatos de saltos por todo el país e incluso en el extranjero.
• Pero lo que no os va a contar – comentó su hija, con los brazos cruzados y una leve sonrisa- es que es un héroe nacional condecorado.
• ¿ Cómo dice?- preguntamos entre sorprendidos e intrigados
• Mi padre sacó de un avión en llamas, tras un accidente, a más de diez personas, jugándose la vida y quemándose los brazos al hacerlo – nos contó ante nuestro asombro y, en efecto, mostraban sus brazos bajo el azul pijama, las secuelas de aquellas viejas quemaduras.
• Pero como sé que él no os va a decir ni pío, os lo cuento yo para que lo sepáis.- concluyó con un simpático mohín mirando con cariño a su padre.
Restó él importancia al asunto con un gesto de su mano y dio por zanjado el tema cambiando de conversación. Pero lo cierto es que, aunque todos nos quedamos con ganas de saber más, no se añadió una sola palabra sobre aquel suceso.
Hablamos de la procesión, de los paracas, del esfuerzo al cargar el paso… de muchas cosas, pero no nos permitió volver sobre lo que nos hubiese gustado: sobre su heroicidad.
Y cuando dijimos que nos teníamos que marchar, ese hombre nos dio otra lección: a pesar del grito de su hija y de que todos nos abalanzamos sobre él, aquel paracaidista gravemente enfermo, de ochenta y muchos años, se puso en pie con un gran esfuerzo, lentamente y nos hizo callar con un enérgico gesto de su brazo.
• Déjame hija. Quiero estrechar la mano de estos nazarenos para agradecerles el hermoso gesto que están teniendo de visitar a los enfermos en estas fechas tan entrañables- alegó con voz solemne, tembloroso e inestable, pero erguido y con la mandíbula alta. Como correspondía al valiente soldado que era.
Y así fue. Nos estrechó la mano uno a uno, emocionándonos a todos y dejándonos como aquél que fue a por lana y volvió trasquilado. Porque la paradoja estuvo en que fuimos a consolar y a animar y salimos de allí animados y consolados. Recibimos mucho más que dimos.
• Madre mía de mi vida- comentó Dani en un susurro mirando como Ginés se mantenía en pie sin quitarnos de encima sus transparentes ojos mientras cerrábamos la puerta.
• Y nos ha dado las gracias- respondí asombrado, mirando la blanca puerta y su número 415.
Así que, tragando saliva para que no se me escapase ninguna lágrima, cogí mi estante, agaché la cabeza y encaré la siguiente habitación.

Francisco Javier Aliaga Meroño
Estante de la Oración del Huerto
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Mediarepizco
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Re: ¿Podríamos llevar la Semana Santa a los hospitales?

Gracias por compartir estos relatos. Es una iniciativa estupenda lo de llevar la Semana Santa a hospitales y residencias.
¡Viva la Semana Santa murciana!
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Chirrete
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Re: ¿Podríamos llevar la Semana Santa a los hospitales?

Unas reflexiones sobre la visita al centro penitenciario de Campos del Río:

Es una tarde serena en el Centro Penitenciario Murcia II de Campos del Río, seguramente
como tantas otras, marcadas por la rutina y el paso lento de las horas. Sin embargo, esta
tarde tiene una visita especial que rompe, aunque solo sea por unas horas, la monotonía
del lugar. Cinco miembros de la Asociación Nazarenos de Hospital, guiados por la
trabajadora social Ana, con la ayuda previa de Francisco Javier y con el visto bueno del
capellán del presidio D. Antonio Sánchez, párroco de Nuestra Señora de la Salceda de las
Torres de Cotillas, cruzamos el acceso principal con paso firme, con impresión profunda y
expectante, no solo con el objetivo de dar a conocer la Semana Santa murciana, sino
también la de sembrar un mensaje de cercanía y esperanza.
Los Nazarenos de Hospital acudimos a este acto sin vestir la túnica de Semana Santa, pero
si como nazarenos dispuestos a compartir su tiempo con personas, que por distintas
circunstancias, viven alejados de la sociedad.
Los alrededores del presidio son inhóspitos, áridos casi desérticos. Tras presentar los DNIs
en vigilancia externa y tras más de diez minutos andando y pasando no sé cuántos
controles, llegamos al salón de actos para llevar a cabo la obra de misericordia “Visitar al
que está preso”; Ana, la trabajadora social, y los demás ordenanzas inmediatamente nos
ayudan a conectar portátil, monitor, micrófonos, todo lo necesario para que podamos
desarrollar nuestra actividad.
El salón de actos es grande, con cabida para aproximadamente doscientas personas, poco
a poco, en silencio, van entrando los internos, por módulos, con la inquietud de conocer la
Semana Santa murciana o simplemente pasar el rato, se sientan en las primeras filas hasta
completar la mitad del aforo.
Al principio, el ambiente es distante: gestos contenidos, murmullos, mucho respeto y
miradas puestas en la pantalla que rezaba SEMANA SANTA 2026, mientras reciben unos
libritos con fotos de las distintas cofradías editado por la propia Asociación, el “Cabildillo”
del Cabildo Superior de Cofradías de este año y una estampa de Nuestro Padre Jesús
Nazareno por la celebración del 425 Aniversario de la fundación de la Cofradía de Jesús.
Tomo la palabra y presento a cada uno de los miembros de la visita, tras ello uno de mis
compañeros explica la labor de la Asociación Nazarenos de Hospital: que no es otra que
visitar hospitales, residencias de ancianos y casas de orfandad llevando la semana santa a
aquellas personas que no pueden venir a ver nuestras procesiones.

Tras ello, otro compañero explica los orígenes de la Semana Santa, desde Jerusalén hasta
nuestros días, haciéndolo de una manera amena, simpática, dando paso al tercer nazareno
que da a conocer la Semana Santa murciana, acompañado por fotografías de las 15
cofradías, es un auténtico, precioso y sentido pregón, a pie de butaca, de la semana que en
breve vamos a vivir. Tras exhibir el vídeo promocional de la Semana Santa Murciana 2026,
el encuentro pronto se transforma en un diálogo ameno, bastan unos minutos de coloquio
para que la invisible barrera entre internos y nazarenos comience a desdibujarse, también
ayuda la iniciativa de los Nazarenos de Hospital dejar el escenario del salón de actos y
bajar, también, al patio de butacas al lado de ellos, para estar de forma más cercana. Nos
comparten sus experiencias, si pertenecen a alguna cofradía, si han sido estantes o
costaleros o portapasos, cuánto pesaban sus pasos, qué duraba una procesión… Nos
hacen preguntas y a la misma vez les preguntamos y la sonrisa ya se dibuja en los rostros
de los que participamos en la reunión.
Hablamos de la importancia de la música en la Semana Santa, de las marchas pasionarias
y ante la pregunta, si alguno sabe tocar un instrumento, uno de ellos responde que sí, que
toca la guitarra y al momento sus compañeros y nosotros le invitamos que se suba al
escenario y que nos interprete alguna pieza.
Con tranquilidad empieza a afinar la guitarra y, de repente, unos acordes sentidos y una voz
flamenca se arranca cantando “La Saeta” que enmudece todo el salón, nosotros sentados
ya junto a ellos, en las butacas, damos gracias por el momento que estamos viviendo, y al
grito de todos de “otra, otra” ... se canta la canción “Como el agua”; Creo que el propio
Camarón se une desde el cielo a nuestros aplausos.
En este instante, las diferencias entre unos y otros ya no existen, y dejan paso a algo más
esencial: la condición compartida de agradecimiento.
Tras la actuación musical, Ana, la trabajadora social, me mira haciéndome un gesto de que
quedan cinco minutos de la visita, sin darnos cuenta llevamos una hora y media
compartiendo sueños.
Antes de marchar, le expresamos que nadie está completamente definido por sus errores.
Es una despedida sencilla, acompañada de apretones de manos, abrazos y miradas que ya
no son las mismas que al inicio y hacemos la firme promesa de volver a seguir como ese
maravilloso dialogo nazareno para los que el año que viene estén en esa misma situación.
Estamos seguros, incluso en los espacios más cerrados, se abren ventanas hacia la
empatía, la dignidad y la esperanza y que, los nazarenos murcianos, los Nazarenos de
Hospital, no los olvidan y seguiremos rezando por ellos pues son hermanos en Cristo.

Gracias por su labor a Tono, Fran Aliaga, Kiko Asunción y Juan Antonio de Heras.

En Murcia a 16 de marzo de 2026

Dani
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Re: ¿Podríamos llevar la Semana Santa a los hospitales?

PINTAR LA SONRISA AL DOLOR

Fue en Granada, en el Sacromonte.
Nos había invitado un amigo a cenar y ver el espectáculo flamenco en la Cueva de La Rocío. Tras una cena ligera y sin estridencias, nos llevaron al tablao, que se encontraba, tal y como anticipaba su denominación, en una cueva bien acondicionada para tal evento. Y comenzó la actuación flamenca. Debo decir que no soy un gran aficionado a tales artes, pero como los bailaores lo hacían muy bien y además eran jóvenes y guapos, pues aquello resultaba vistoso y agradable de contemplar.
Y cuando estaban a punto de terminar, alguien de entre el público pidió a una señora mayor que estaba sentada con los músicos y cantaba y daba palmas que, por favor, se marcase unos pases.
La señora, que resultó ser la mismísima Rocío, muy digna, asintió sin decir palabra, se levantó con parsimonia y elegancia, y se colocó en el centro del pequeño tablao que allí había. Rasgó el silencio la guitarra con los sones de una zambra y aquella mujer se transformó: con movimientos lentos, sentidos, precisos y enérgicos por momentos, cargados de emoción, movimientos no aprendidos en academia sino sacados de la memoria de las generaciones que lo bailaron en esa tierra durante siglos, aquella gitana convirtió un baile corriente en magia ancestral.
Cuando abandonábamos el local, vi a la señora sentada cerca de la puerta de salida y no me pude contener, a pesar de mi innata timidez:
- Señora, permítame que le dé las gracias desde el fondo de mi corazón porque ha conseguido usted emocionarme y mostrarme, aunque haya sido por unos instantes, lo que es realmente el duende del flamenco.
Aquella señora me miró algo sorprendida, pero elegante y sin, por supuesto, levantarse de su asiento, asintió muy despacio y me contestó:
- Mushah grasiah, zeñorito.

Pensaba en esta anécdota mientras escuchaba, emocionado hasta la médula, cómo un chaval arrancaba notas imposibles a su vieja guitarra, y cantaba con una voz y un arte que habrían sacado los colores a Camarón, desde el escenario del salón de actos del Centro Penitenciario de Campos del Río.
Hasta allí nos habíamos desplazado cinco integrantes de Nazarenos de Hospital a llevarles un cachito de nuestra Semana Santa a los reclusos del centro. Y mirando como aquel tipo del escenario interpretaba, primero “la Saeta” y después, tras pedir permiso, “Como el agua”, pensé que, posiblemente “la Rocio” y este chaval, habían conseguido emocionarme sencillamente porque eran auténticos.
Y siguiendo el razonamiento, miré a mis cuatro compañeros, nazarenos hasta la médula, que se habían negado a seguir en el escenario y habían bajado junto al público para no estar a un nivel superior y mezclarse con los reclusos, y entonces me emocioné y pensé que ellos también eran auténticos.
Ser nazareno implica tener una especial sensibilidad. El anacronismo que supone sacar a la calle y mostrar al pueblo la pasión, muerte y resurrección de Jesús, en unos tiempos como los que vivimos, ya implica un cierto carácter.
Ser penitente portando un farol o una cruz, mayordomo manteniendo el orden en el cortejo o cargar un trono a hombros como estante, implican una entrega, un sacrificio y una devoción dignas de mención y de admiración.
Pero los Nazarenos de Hospital añaden un detalle a todo eso y dan un paso más hacia Dios: intentan practicar con honradez la Caridad.
Esa Caridad que hace que, acercando la Semana Santa a quien no puede disfrutarla, consuelen al enfermo, acompañen al anciano, lleven alegría al orfanato y, en el caso que narro, reconforten al recluso.
Los nazarenos de hospital pintamos una sonrisa al dolor.
Pero no piensen que lo hacemos gratis. Casi todos los nuevos integrantes del grupo, cuando narran su visita inicial al hospital, coinciden en su tremenda sorpresa: “fuimos pensando que íbamos a reconfortar a la gente y salimos reconfortados”.
La Caridad tiene ese hermoso y extraño efecto especial que hace que quien la practica reciba mucho más de lo que da.

Y como describir sentimientos es imposible, les narro:
Tras solicitar permiso, entramos en la habitación 228 del sanatorio de la Vega cuatro o cinco nazarenos. Allí nos encontramos con Carmen, una señora octogenaria acompañada de sus dos hijos. Tenían todos mala cara porque Carmen estaba muy malita y, a decir verdad, nos recibieron con una cierta frialdad.
Pero nosotros nos pusimos a lo nuestro; que si esta túnica es de tal cofradía, que si damos estampas y caramelos, lo que pesa el trono o cómo terminan mis pies tras la procesión, que si se me olvidó en una ocasión ponerme la chaqueta y las peripecias que viví para volver a por ella…
Poco a poco, logramos meter a aquella buena familia en la conversación y terminamos con un ambiente relajado y agradable. Durante unos minutos les hicimos olvidar su calvario.
cuando nos despedíamos, Carmen me hizo una señal con la cabeza para que me acercara a ella. Apretando contra su pecho la estampa de Nuestro Padre Jesús Nazareno que le había dado un minuto antes, tomó mi mano con una fuerza increíble, me miró intensamente con unos ojos cuajados de lágrimas y, en el más absoluto de los silencios, me sonrió.

FRANCISCO JAVIER ALIAGA MEROÑO
Nazareno de Hospital
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